Periódico ABC

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  1. Las facciones de bebé abotargado, la sonrisa flácida o quizá displicente, los andares patosos, la voz nebulosa y como tranquilamente triste, el indefectible traje negro que apenas abarcaba su barriga y la corbata del mismo color que le oprimía su cuello de doble o triple papada. He aquí uno de los emblemas más universales de nuestra cultura. Alfred Hitchcock quizá sea (con permiso de Chaplin) el director de cine cuya efigie se ha incorporado con mayor nitidez al imaginario colectivo. Nació en Londres en 1899 y amuebló la tierra en 1980, cuando ya llevaba instalado en Estados Unidos cuarenta años. Pero, más que las fechas de su natalicio y defunción, importan las de su biografía amatoria: se casó a los 27 años (siendo todavía virgen, según confesión propia) y sobrellevó los últimos cincuenta de su vida conyugal sin incurrir en el coito. Su época de actividad sexual apenas duró, pues, cuatro años; los setenta y siete restantes los empleó en maquinar sus lujurias puramente mentales, ese universo malsano y tórridamente gélido que caracteriza su cine. Mentiríamos, sin embargo, si afirmáramos que su cine delata al reprimido o al insatisfecho; por el contrario, su alambicado erotismo está siempre recorrido de un humor entre flemático y malévolo, que convierte cualquier historia de amor en una perversa y regocijante charada. Alfred Hitchcock fue, antes que nada, un prodigioso creador de artefactos formales. En más de una ocasión se refirió con desdén a los argumentos de sus películas; y abominaba de aquellos guionistas empeñados en solucionar los conflictos argumentales mediante palabras. Para Hitchcock, el imperio del cine era la imagen; y fue mediante imágenes de un perturbador perfeccionismo como consiguió instilarnos la zozobra, el miedo, la solidaridad con sus personajes. Lo demás, los meandros de la trama, los diálogos, eran meras excusas que se avenía a introducir para que el público no desertara de las plateas. Los espectadores más rudimentarios de las películas de Hitchcock todavía creen que la dosificación del suspense procede de lo que se nos está contando (quizá éste sea el más grandioso y falaz «MacGuffin» de cuantos diseminó en sus películas); pero lo cierto es que el suspense, en Hitchcock, siempre procede de la poesía visual que exhalan sus fotogramas, de los recursos pasmosos de montaje, de sus arrebatados y novedosísimos movimientos de cámara, de la subyugadora elocuencia que supo transmitir a las imágenes, una elocuencia que no habían poseído desde los tiempos pioneros del cine mudo y que le permitiría exceder los encorsetamientos impuestos por una trama más o menos realista o inverosímil. Freud y Sade Nada importan el realismo o la inverosimilitud de las películas hitchcockianas, comparados con su hipnótico dominio de los recursos formales y su obsesivo y laberíntico universo creativo, en el que concurren una cierta paranoia (de ahí sus reiteradas visitas al tema del falso culpable), una contemplación aviesa de la vida cotidiana (de ahí que en sus películas el mal siempre se agazape tras una apariencia idílica), una fascinación por los laberintos de la mente humana (de ahí sus frecuentes citas a Freud) y una sexualidad particularmente conflictiva e inquietante, en la que Sade y Sacher-Masoch parecen agitados en la misma coctelera y derramados sobre el escote de una de esas actrices rubias (Kim Novak, Grace Kelly, Tippi Hedren) cuya ropa interior Hitchcock olisqueaba en los camerinos, aprovechando alguna pausa del rodaje. Hitchcock sabía demasiado sobre el cine, tanto que hoy sus películas (a pesar de que ya las hayamos visto decenas de veces) siguen pareciéndonos obras de un arte calculadísimo e insuperable, piezas de relojería donde el virtuosismo técnico nunca apabulla la fuerza de su universo creativo, perfumado de carnalidad y malignidades. Abarcar aquí la populosa genialidad de su filmografía se nos antoja una tarea casi tan ímproba como abarcar su barriga, pero respetando las tres etapas en que la crítica divide su trabajo –etapa inglesa, etapa americana de los años cuarenta y etapa americana posterior, en pleno dominio de sus recursos– elegiríamos tres joyas inimitables: «Alarma en el expreso», quizá la mejor intriga ferroviaria que se haya filmado nunca; «Encadenados», donde la complejidad estilística de la puesta en escena sólo es igualada por el talento interpretativo de Cary Grant; y, ya por último, «Vértigo», el más bello poema mortuorio en imágenes, la más atormentada y necrófila recreación del mito de Pigmalión jamás urdida. Son sólo tres joyas engastadas en una diadema sublime sin interrupción. Nada más acabarlas, Hitchcock urgía a sus productores para que se las estrenasen, y así poder iniciar otras con el dinero recaudado. Ni siquiera le quedaba tiempo, entre película y película, para infringir el sexto mandamiento; de esta continencia, de la que luego se vengaba imaginariamente haciendo perrerías a sus actrices favoritas, nos hemos aprovechado todos, disfrutando de un cine donde se subliman todas las infracciones que no cometió.
  2. Una cita de Benedetto Croce, «Toda historia es historia contemporánea», da paso a la última novela de Emilio Lara (Jaén, 1968), profesor y autor de dos obras de ambientación histórica muy distintas, «La cofradía de la Armada Invencible», que tuvo un éxito de público inusitado al publicarse en 2016 , y «El relojero de la Puerta del Sol», aparecida al año siguiente. De esta última tengo que decir que me causó una sorpresa enorme por la cantidad de recursos que Lara empleaba de una manera inteligente y eficaz, sí, pero que revelaba una inspiración luminosa en la estructura de la narración al combinar la vida de un relojero, que aprende en Londres el oficio y luego construye el reloj que nos acompaña desde hace decenios a los españoles que tomamos las uvas en Nochevieja, con una novela de corte dickensiano y, a la vez, un panorama histórico del Madrid de ese momento. «Tiempos de esperanza» se desarrolla en la época de la legendaria Cruzada de los Niños, de la que existen más de siete versiones. Hay historiadores que dicen que ni siquiera existió, pero ha surgido toda una literatura en torno a ella, desde servir de paisaje a «El flautista de Hamelin», hasta ser motivo de inspiración de variadas obras, desde la ya clásica de Marcel Schwob hasta el polaco Jerzy Andrzejewski en «Las puertas del paraíso», pasando por la inquietante «Matadero cinco», de Kurt Vonnegut, que precisamente se subtitula «La cruzada de los niños», en clara alusión metafórica a la matanza de los pequeños y el bombardeo de Dresde, y llegando incluso en nuestra lengua al relato de Mario Vargas Llosa «El barco de los niños». Desde luego el tema es fascinante. La leyenda más canónica De las versiones existentes, Emilio Lara ha recurrido a la leyenda más canónica, la del pastorcillo Esteban de Cloyes que, cerca de Châteaudun, en el mes de junio de 1212, aseguró que portaba una carta de Jesucristo al rey de Francia. Se le unieron en el peregrinaje a la capital más de treinta mil personas y el monarca, cuando recibe la misiva, se toma a broma el mensaje. Pero Esteban, en un segundo intento, cuando Jesús se le presenta como a Juana de Arco y le dice que vaya él mismo a Jerusalén, reúne a más de 30.000 niños que terminan muriendo en el camino a Niza donde deben embarcar. Llegan allí, finalmente, unos 20.00 que terminan siendo vendidos en el viaje como esclavos Parece ser que los niños no eran tales sino pobres que en la época la gente llamaba «pueri» y que los franciscanos mismo contribuyeron a ello porque ese estado era el de la santidad. Emilio Lara, de forma sagaz, opta por mezclar leyenda con realidad histórica y de esa manera el movimiento milenarista de los niños, la Cruzada de la Inocencia, se entrelaza con las revueltas del hambre que asolaban Europa en aquel entonces. Del otro lado, Muhánmad Al Nasir, el cuarto califa de la dinastía almohade, al que en España conocemos como Miramamolín, fue el gran derrotado en las Navas de Tolosa ese verano de 1212, batalla promovida por el Papa Inocencio III como Cruzada, que produjo un odio terrible y una sed de venganza en los musulmanes. Chivos expiatorios Emilio Lara combina con habilidad estos dos grandes acontecimientos entre cristianos y musulmanes introduciendo el tercer elemento en discordia, el de la población judía, doblemente sospechosa porque habitaba en las tierras de unos y otros y según fuera la cosa, se tomaban represalias contra ellos, acusándoles de los mayores males. Los chivos expiatorios. Antonio Lara se centra sobre todo en la Francia de Felipe II, pero no descuida el contraste que le ofrece la Sevilla de Miramamolín. Con esta disparidad perfila una historia de nítidos personajes que representan a los protagonistas de aquellos tiempos terribles y fascinantes: Juan, el hijo de un noble de Castilla, al que se le unen por tierras francesas Pierre y Philippe y Raquel y Esther, dos judías que huyen del obligado antisemitismo, mientras por ahí aparece Francesco, clara alusión al de Asís, que se redime a través del amor. Una novela perfectamente acabada, sutil, muy bien trabada, a la vez que un logrado fresco de la época. «Tiempos de esperanza». Emilio Lara Narrativa. Edhasa, 2019. 480 páginas. 21 euros
  3. El primero de los treinta y un relatos que conforman «Historias tardías» (Eterna Cadencia, 2018) comienza con la muerte de Abigail, la mujer del protagonista. «Su esposa muere, los labios ligeramente separados, un ojo abierto», escribe Stephen Dixon (Nueva York, 1936). En la segunda frase retrocede a la escena anterior: «Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y le dice: “Sería mejor que vinieras. Parece que mamá está por fallecer”». La historia da otro paso atrás en el siguiente pasaje: «Su esposa entra en coma tres días después de haber vuelto a casa y sigue así durante once días». Ahora entiendo el título, «Esposa en reversa». Dixon contará después cómo a Abigail una neumonía le complicó su estado de salud, y cómo una esclerosis múltiple la obligó a sentarse en una silla de ruedas. Antes fueron sus dos hijas, y la boda, y la primera cita, y el día que se conocieron: «Después de que ella se ha ido, piensa: “Esa mujer va a ser mi esposa”». A Stephen Dixon la crítica le ha puesto la etiqueta de escritor experimental, o de escritor de escritores, que es la manera de referirse a quienes escriben sin concesiones, sin que les importe quién o cuándo les editen, y mucho menos si venden o no. Dixon ha podido hacerlo durante las últimas décadas, desde que se dedicó a la enseñanza universitaria. «Así fue como no tuve que escribir basura», dijo en una entrevista. «No trato con agentes y los agentes no quieren tratar conmigo, porque mis libros no generan ganancias. Los editores me dicen: “No sabríamos cómo venderte”. Eso está bien». Desde el principio supo que no quería escribir como el resto de escritores, y su carrera se explica como un intento de buscar el modo de hacerlo diferente. No es causal que «The New Yorker» nunca le haya publicado un relato. A sus 82 años acumula una treintena de títulos en los que busca huir de esa «escritura elegante, autoconsciente», dice: «Ni siquiera me gusta la escritura descriptiva. No quiero nada que frene la lectura». «Historias tardías» es una nueva oportunidad para sentir que se ha descubierto a un escritor secreto, y que sin embargo siempre ha estado ahí. Estructurado en una treintena de relatos que se pueden leer de forma independiente –varios han sido publicados en distintas revistas–, Dixon insiste en que este libro es una novela. El protagonista de todos los cuentos es Philip Seidel, un escritor que, como Dixon, ha perdido a su mujer, después de treinta años juntos. Seidel también es un profesor jubilado que vive en Baltimore y dice cosas que diría un escritor de escritores: «Sabes… a veces pienso que mi obra solo está destinada a ser escrita, no leída». En estas «Historias tardías» el autor neoyorquino aborda distintos momentos en la existencia de un hombre que ya se siente viejo. Ya sea retornando a su adolescencia, recordando sus momentos más felices con Abigail o imaginando qué otras vidas podría haber tenido, Seidel ha empezado a entender que ya todo va demasiado rápido para él. Todo acaba. Sus dedos le marcan la cuenta atrás: antes escribía con los cuatros dedos de su mano, luego con tres y ahora con dos. Eso eso también coinciden Seidel y Dixon, que ya solo puede teclear con el dedo índice. Suficiente para seguir buscándole nuevas vueltas a su literatura. «Historias tardías» Stephen Dixon. Trad.: Ariel Dilon. Eterna Cadencia, 2018. 384 páginas. 17,90 euros.
  4. Desde finales de los noventa, el concepto de «archivo» adquiere una inusitada importancia en las prácticas artísticas. En ocasiones, ha implicado propuestas capaces de recuperar información histórica perdida o silenciada; en otras, ha funcionado como maquillaje conceptual para justificar tediosos almacenamientos de datos. Para Cristina de Middel (1975) su interés en estos radica, en palabras de Didi-Huberman, en su «naturaleza agujereada», es decir, en sus censuras deliberadas o inconscientes. Formada como fotógrafa documental, De Middel alcanzó una gran repercusión internacional con Afronautas (2012), donde recreaba el fallido programa espacial de Zambia. Claves propias Desde entonces, ha compaginado su compromiso con la cámara con estrategias apropiacionistas de acumulación y reciclaje. La concesión del Premio Nacional de Foto y su incorporación a la agencia Magnum corroboran la pertinencia de un discurso que, aún dentro de la corriente que Fontcuberta denomina «postfotográfica», aporta claves propias. Entre ellas, el desmontaje de lo documental como herramienta de conocimiento y el empleo de la ficción para iluminar la realidad. La cita en Tabacalera se estructura en tres capítulos que relatan sendos modos de aproximación al archivo. El primero, desarrollado en la espléndida serie Man Jayen , parte de la incorporación de lo falso a unos documentos que ya operan desde la mentira. El punto de partida es la historia de unos exploradores que en 1911 escenificaron y «registraron» un desembarco que nunca aconteció; un fracaso que de Middel reconstruye a partir de material propio y ajeno -el de la expedición- para redoblar el fake y poner en escena la capacidad de la imagen para manipular la memoria. En Cucurrucú , analiza fotos de violencia que conformaron el archivo de la revista mexicana Alerta y las somete a un doble proceso de alteración: por un lado, las traduce a dibujos, lo que elimina su estatuto de veracidad en tanto registro de lo real; por otro, cambia su sentido original con la inclusión de frases extraídas de rancheras y boleros. Las cientos de imágenes se revelan como la repetición incesante de lo mismo, mientras que la intervención de la artista socava las convenciones que su mercado ha pactado como realidad. El trabajo de De Middel nunca ha rehuido de lo lúdico. Esto se acentúa en el proyecto inédito Aleatoris Vulgaris , una puesta al límite del archivo como estructura de poder, y del azar como herramienta de conocimiento. Ahora, las narraciones no proceden de las fotos, sino de los mecanismos utilizados para intervenir en el archivo de la Universidad de Navarra. Los números extraídos de unos cartones de bingo, o de las consultas a un vidente o a un comisario de la Tate, sirven para decidir qué documentos seleccionar. Así, el archivo brinda lecturas inagotables basadas en choques que, sin posibilidad lógica de reconciliación, son traducidos por la artista en fotomontajes y dibujos. El espacio del archivo queda abierto a un proceso de transformación constante. Y aquí radica la clave conceptual de esta magnífica exposición: la necesidad de encontrar fórmulas de resistencia ante los discursos dominantes que seleccionan y repiten imágenes para producir un relato histórico homogéneo. Cristina de Middel - ÓSCAR DEL POZO Cristina de Middel Preparados, listos, archivo. Tabacalera. La Principal. Madrid. C/ Embajadores, 51. Hasta el 9 de junio.
  5. César Manrique, de cuyo nacimiento se cumplen hoy cien años, fue pintor, escultor, ceramista, pero, sobre todo, un artista social que realizó obras que intentaban exaltar el valor estético de la naturaleza, recuperando espacios degradados por el hombre, a través de su mayor aportación al arte contemporáneo: el binomio Arte-Naturaleza.
  6. Lanzarote celebra a partir de hoy el centenario de su hijo más universal, César Manrique (1919-1992), una efeméride que servirá durante los próximos 365 días para revisitar su obra, recuperar su mensaje ecologista y desempolvar los recuerdos que guardan los amigos de este «genio total», de personalidad arrolladora. La Fundación que lleva su nombre y el Cabildo de Lanzarote han programado en torno al artista y su obra doce meses de exposiciones, conferencias y publicaciones, a las que se suma desde Gran Canaria la propuesta del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) «Universo Manrique», una amplia retrospectiva dedicada al pintor. Un viaje por las creaciones de César saca a la luz la obra de alguien tan encaprichado en exaltar la naturaleza que llega a desarrollar un arte ecologista cuya cúspide puede apreciarse en espacios como los Jameos del Agua o El Mirador del Río. Y los recuerdos de sus amigos rescatan a un Manrique de personalidad arrolladora, con un gran sentido de la amistad y el humor, así como al personaje incómodo para algunos, por su capacidad para convencer a la gente de Lanzarote, una isla sin grandes perspectivas económicas en aquellos momentos, de la amenaza que suponían los que llegaban con maletines y promesas de desarrollo. Los hermanos Millares Cuando en 1936 estalla la Guerra Civil, la contienda arrastra a Lanzarote a los Millares Sall, una familia de artistas de Las Palmas de Gran Canaria. Y ello permite a César entablar amistad con Agustín, José María, Jane y Manuel Millares, jóvenes portadores de información sobre un arte y una cultura que Manrique desconocía. La pintora Elvireta Escobio es la viuda de Manolo Millares, el pintor del grupo El Paso con el que César mantuvo una férrea amistad hasta que Manrique falleció en 1992 y con el que contó para la construcción del Taro de Tahíche, la creación del Museo Internacional de Arte Contemporáneo o el libro sobre arquitectura popular de Lanzarote. «Lo conocí muy jovencita, a través de Manolo. César fue un personaje importantísimo, era enorme... No solo fue un gran pintor, sino también cubría otras muchas facetas como la de urbanista», recuerda la artista. Ahora un libro recoge la correspondencia entre Millares y Manrique y en ella aparecen cartas, explica Elvireta, «en las que César le cuenta sus impresiones sobre Nueva York», donde residió desde 1965 a 1968, o aflora sus recuerdos de infancia en Lanzarote. Pero, sobre todo, en esas cartas plasman la admiración que se profesaban. El mundo en torno a César El escritor y periodista Juan Cruz era redactor del «El Día» cuando conoció a Manrique a principios de los setenta, durante una visita al Puerto de la Cruz, en Tenerife, donde construyó el Lago Martiánez. Cruz recuerda a su amigo como una persona franca y muy abierta: «Todo el mundo giraba en torno a él, pero no diría yo que era egocéntrico, sino entusiasta. Creía tener una fuerza poderosa para cambiar el mundo». Su dedicación al paisaje y al ecologismo tal vez haya dejado oculta la valía de Manrique como artista plástico, «pero su trabajo con la tierra y los dibujos de fantasías son consecuencia de un entusiasmo por ver o hacer ver como hay pocos en la historia del arte del siglo XX en Canarias», subraya el escritor. Y lo compara con el también pintor canario Pedro González. «Los dos crearon una nueva estética de la naturaleza partiendo de ella y haciéndola vivir como surrealismo, realismo mágico». En 1974, con Franco aún vivo, César y su amigo Pepe Dámaso abrieron en Arrecife el centro El Amacén, un espacio que revolucionaría la cultura insular con propuestas atrevidas que abrían Lanzarote al mundo de las vanguardias. El Almacén se inauguró con una exposición de Manrique y Dámaso, que se vestían con unos monos azules inspirados en La Barraca para acudir cada tarde a ese centro, que luego acogió debates sobre las vanguardias, África o el comunismo; exposiciones de Óscar Domínguez, Jim Dine o Clyfford Still o la primera videocreación hecha en Canarias. Severo Sarduy, Alberti o Francisco Nieva visitaron El Almacén durante su paso por la isla. «Hizo de faro para su generación y generaciones más jóvenes», manifiesta Juan Cruz, en alusión al interés que despertaban sus propuestas entre los lanzaroteños. Y atraídos por ese faro, también llegaron hasta Lanzarote personalidades como Nuria Espert. El genio total La actriz conoció a César a principios de los setenta durante una gira de «Yerma» por el archipiélago. A partir de ahí, nació «una relación buenísima, cada vez que iba a actuar a Canarias venía a verme», recuerda. Invitada por Manrique viajó a Lanzarote junto al director teatral Víctor García. Espert comenta la relación que se creó entre Manrique y el director de montajes ya clásicos del teatro español como «Yerma», «Divinas Palabras» o «Las criadas de Genet»: «Se admiraban mutuamente muchísimo». La actriz relata que en esa visita a la isla se dio cuenta de que estaba «al lado de un genio total, alguien con una visión de futuro extraordinaria y una voluntad decidida de luchar para que nadie estropeara aquello que la naturaleza había hecho». Espert visitó el Taro de Tahíche, la casa que César construyó sobre unas burbujas volcánicas, hasta donde llegaron siguiendo su faro Rafael Alberti, Pedro Almodóvar, Juan de Borbón, Hussein de Jordania, José Hierro, Pedro J. Ramírez o Agatha Ruiz de la Prada. «Era un pedazo de naturaleza hecha vida y decoración», recuerda. En aquellos viajes a Lanzarote, los invitados de Manrique veían la isla «con sus ojos y eso nos hacía sabios a nosotros también», explica la actriz, quien destaca de César, sobre todo, el concepto de amistad, para él «tan importante como respirar». Las manos de Manrique Santiago Hernández fue durante casi tres décadas las manos de César. Este soldador del Cabildo, hoy ya jubilado, comenzó a trabajar con el artista durante la construcción de los Jameos del Agua en los sesenta. Las manos de Santiago están en cada una de las papeleras, ceniceros o esculturas que Manrique realizó a partir de restos de hierro y otros metales en unos tiempos en los que aún no se hablaba de reciclaje en Lanzarote. De los bocetos de César y de las manos de Santiago salieron también los Juguetes del Viento, unas esculturas de hierro compuestas de esferas, círculos, pirámides... que con el alisio cobran vida. Hoy Salvador se muestra orgulloso de haber oído que César murió feliz después de haber visto cómo había quedado el primer módulo de un Juguete del Viento que planeaba llevar a Estados Unidos. «Después de hablar conmigo tuvo el accidente de tráfico», recuerda Santiago. Eso ocurrió el 25 de septiembre de 1992 y la escultura se terminó, pero jamás llegó a Estados Unidos.
  7. La confrontación moderada que caracterizó el debate electoral del lunes mutó en tan solo 24 horas en un careo que a ratos resultó demasiado bronco y faltón en Atresmedia. Las interrupciones fueron más que recurrentes. Sobre todo, entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. También voló más de una descalificación. El jefe del Gobierno salió al plató dispuesto a recuperar los metros perdidos el lunes aunque sin arriesgar demasiado. Con un debate diseñado a su favor -la moderación no siempre resultó neutral y las preguntas más incisivas fueron dirigidas al líder del PP- Pedro Sánchez ganó en viveza respecto al lunes pero tampoco logró salir victorioso en este último «round». Sus dos puntos débiles volvieron a quedar expuestos ya que no logró aclarar ni su hoja de ruta para Cataluña ni los posibles pactos postelectorales que tiene en el cabeza. La falta de claridad sobre sus futuros pactos con los separatistas puede pasarle factura entre quienes dudan entre votar al PSOE o Ciudadanos. Y la incógnita sobre si tendrá la mano a Ciudadanos tras el domingo puede restarle apoyos entre quienes se debaten entre Sánchez e Iglesias. A tres días de la jornada de reflexión, el margen para enmiendas es más bien escaso. Pugna Casado y Rivera Rivera, presionado por mantener el listón alcanzado el lunes, acabó confundiendo espontaneidad con faltonería y su intervención se caracterizó por las interrupciones y la hostilidad hacia todos. A diferencia del lunes, Casado sí entró en el cuerpo a cuerpo y ambos evidenciaron su pugna por el liderazgo de la derecha en temas tan dispares como el empleo, la eutanasia, las pensiones o la política fiscal. Sin embargo, el líder del PP logró consolidar una imagen más presidencial, como era su objetivo, entre los ataques poco creíbles que le lanzó Rivera. El más cuestionable: que el PP no crea empleo. Una dureza que aunque puede costarle apoyos en la derecha puede granjeárselos en el centro. El secretario general de Podemos intentó, de nuevo, seducir a los votantes hastiados de la bronca política ejerciendo de moderador del debate hasta el exceso. Una fórmula que le convirtió en el líder menos lucido. El debate de doble vuelta se salda así con una nueva victoria del centro-derecha. La tesis hace aparición El primer encontronazo llegó rápido y a cuenta de Cataluña. Sánchez aprovechó la pregunta sobre pactos, en la franja de máxima audiencia, para intentar enviar un mensaje claro. «No he pactado con los independentistas, es mentira, es falso», subrayó mientras Casado y Rivera le interrumpían entre protestas. «Podrá repetir 2.000 veces una mentira. Falso es falso, no es no y nunca es nunca», apostilló el presidente ignorando a sus contricantes y callando sobre el futuro. Más tarde se comprometió a no permitir la independencia de Cataluña pero no acotó hasta dónde llega su plan de diálogo ni si éste incluye los indultos a los líderes separatistas encausados. Rivera aprovechó este bloque para lanzar el primer golpe de efecto de la noche. «Le ha traído un libro que usted no ha leído: su tesis doctoral», atacó con ironía regalando al presidente un ejemplar, intentando trasladar que la palabra del presidente no es de fiar. Sánchez, más preparado que el lunes, reaccionó regalando a Rivera el libro de conversaciones entre Fernando Sanchez-Dragó y Santiago Abascal que probablemente tenía previsto para otro momento. El líder naranja pasó con habilidad a dirigirse directamente a los ciudadanos, una táctica que utilizó varias veces. «Juzguen si miente o no miente», emplazó. No descarta Cs En cuanto a los pactos que podrán salir después del 28 de abril, Sánchez también intentó parecer más transparente que el lunes. Pero de nuevo sin éxito. Aseguró que «sus planes» pasan por formar un Gobierno socialista y no por buscar un acuerdo con Cs lo que, en la práctica, no significa nada. En el escenario actual de fragmentación del voto no es posible alcanzar La Moncloa con los votos de un único partido como Sánchez dijo planear. Y una cosa es tener una estrategia prevista y otra muy distinta rechazar de plano el resto de posibilidades. Al no negar una unión con la formación naranja, mantuvo viva esa opción. Vox y la violencia género Otro de los momentos de tensión llegó a cuenta de la violencia de género. Un bloque que Sánchez aprovechó para intentar captar el voto feminista azuzando el miedo a Vox y a las medidas que Santiago Abascal pueda exigir si el PP necesita sus votos. «Hay un riesgo cierto de que sumen estos dos con la ultraderecha», advirtió el presidente, aunque centrando sus críticas en Casado al que acusó de desconocer lo que es la violencia de género. Según aseguró, el gobierno andaluz ostiga a los trabajadores que luchan contra la violencia de género. Casado le frenó en seco. «Utilizar a las víctimas de violencia de género le inhabilita como presidente», le advirtió. «No le voy a tolerar que me señale», advirtió. A lo que Sánchez replicó tirando de victimismo. «Ya estamos con los insultos. Casado y Rivera siempre insultando», se quejó. Los candidatos tienen ahora por delante un «sprint» de tres días en el que acelerarán su ritmo de mítines. Sin embargo, no conoceremos ya nuevas encuestas ni sondeos. Habrá que esperar hasta el cierre de los colegios electorales para conocer si los debates han servido para inclinar la bolsa de indecisos hacia alguno de los partidos.
  8. Con motivo del Día Internacional de la Madre Tierra, celebrado este lunes, figuras del mundo de la música como Justin Bieber, Ariana Grande, Halsey, Katy Perry, Lil Dicky, Shawn Mendes, Miley Cyrus, Snoop Dogg, Adam Levine, Sia, Meghan Trainor, Rita Ora, Backstreet Boys o Ed Sheeran han participado en la creación de la canción «Earth», que clama por medidas que hagan frente al cambio climático. Todos los beneficios que genere la canción irán destinados a DiCaprio Fundation, la fundación del actor Leonardo DiCaprio, muy activo en esta lucha en la que también están involucrados Mark Ruffalo, Meryl Streep, Pierce Brosnan, Cate Blanchett, Bono o el grupo Maná. Todos ellos han empleado estos días las redes sociales para reivindicar una mayor acción contra el cambio climático por parte de las autoridades, y dar visibilidad a causas ecológicas como la limpieza de playas o la creación de comunidades sostenibles. Esta coalición de celebrities pida que se firme un Trato Mundial para la Naturaleza, que exigiría a los líderes mundiales el apoyo a un Acuerdo Global para la Naturaleza que protegería las zonas naturales más vulnerables de las tierras y océanos del planeta. Ver esta publicación en Instagram #Regram #RG @iantmcallister: Highly intelligent, social and critical to maintaining ecosystem function for both flora and fauna, wolves continue to be managed as vermin by the BC government. Wolves like this coastal one have been found to be genetically distinct partly because they have evolved in an ocean influenced environment but also because they have not been persecuted to the extent that wolves across the rest of North America have. Imagine if every year someone came to planet earth and removed 30-50% of the human population - conservative estimates for wolf mortality where there are active cull and extermination programs occurring. It would not be long before we saw the loss of language groups, races, skin colour - we would become a homogeneous species lacking cultural and genetic diversity. Unfortunately, government wildlife managers do not recognize the importance of genetic diversity with wolves and as each evolutionary significant population is killed through hunting, trapping and other cull programs an irreplaceable living part of this planet is lost forever. With @d.leowinata @pacificwild #SaveBCWolves . . . #wildernessculture #wolvesofinstagram #ig_discover_wildlife #wolfconservation #ExploreBC #wildlife_seekers #wildlifemanagement Una publicación compartida de Leonardo DiCaprio (@leonardodicaprio) el 21 Abr, 2019 a las 12:26 PDT
  9. La zarzuela, el género lírico español, ha visitado el escenario del Teatro Real en varias ocasiones desde su reapertura en 1997; incluso dos de sus más emblemáticos títulos, «Luisa Fernanda» y «El dúo de La Africana» se han representado en él. Este viernes, la zarzuela volverá al Real de la mano de José Bros y Ruth Iniesta, en un recital en el que estarán acompañados por la orquesta titular del teatro, bajo la dirección de José María Moreno. «La zarzuela es un género con un reconocimiento internacional indudable», dice el tenor, que este año celebra sus bodas de plata con la lírica. «No hay un recital en el que no me pidan que incluya algo de zarzuela», completa la soprano, que sigue: «En unos días voy a cantar en Bonn, y me han pedido que canta zarzuela». José Bros recuerda que debutó en el Teatro Real en mayo de 1998 con «L'elisir d'amore» y un mes más tarde en la Zarzuela con «Doña Francisquita». «Es un género por el que hay que seguir apostando y en el que hay que seguir creyendo. Simplemente se ha de tratar con el mismo mimo que a la ópera, y las producciones han de hacerse con el mismo cuidado». Aseguran los dos cantantes que no les ha sido difícil ponerse de acuerdo a la hora del repertorio. José Bros cantará «De este apacible rincón de Madrid», de «Luisa Fernanda» (Moreno Torroba); «Bella enamorada», de «El último romántico» (Soutullo y Vert); «Mujer de los negros ojos», de «El huésped del sevillano» (Guerrero); y «Por el humo se sabe dónde está el fuego», de «Doña Francisquita» (Vives). Ruth Iniesta, por su parte, interpretará «En un país de fábula», de «La tabernera del puerto» (Sorozábal); «Madre de mis amores… Quisiera yo no sé qué», de «Monte Carmelo» (Moreno Torroba); «El vals de la bujía», de «Luces y sombras» (Chueca); y «Me llaman La Primorosa», de «El barbero de Sevilla» (Giménez). Juntos cantarán «Le van a oír», de «Doña Francisquita» (Vives); «Hay un palacio junto al prado de San Fermín», de «Jugar con fuego» (Sorozábal); y «Caballero del alto plumero», de «Luisa Fernanda» (Moreno Torroba).
  10. Se acercan las doce del mediodía, el reloj anuncia un cambio de turno y de ubicación que todo el mundo da por hecho que no se cumplirá y Juan Gómez-Jurado aparece de pronto al otro lado de la mesa, ahí donde se amontonan libros y lectores, para agilizar el ritual de saludo-firma-foto-saludo-firma-foto que llega con cada ejemplar de «Reina roja». «Escríbeme cuando lo acabes, el mail viene al final», añade el escritor antes de esfumarse por la Rambla y, alehop, aparecer como por arte de ensalmo en la siguiente caseta de firmas. ¿Magia? No, simplemente Sant Jordi, un día tan extraordinario que lo mismo da que amanezca lluvioso y que la campaña electoral ande causando estragos aquí y allá. «Me dan ganas de ponerme a escribir otro libro sólo para tener una excusa para volver», señala Pablo Carbonell mientras resume, casi sin querer, el espíritu de una jornada en la que autores y lectores renuevan votos y sellan alianzas de largo recorrido. «Fíjate que a mí me han puesto a un joven debutante al lado», bromea David Trueba mientras le arrea un metafórico codazo a su editor, ese debutante llamado Jorge Herralde que, a sus 83 años, se estrenaba en la parrilla de firmas con «Un día en la vida de un editor». «Vengo muy curtido ya; son muchos años viendo a mis autores», añade el editor para tratar de amortiguar el impacto de tan «exótica» premiere. Horas antes casi todo el mundo hablaba aún del debate del lunes, y entrada la mañana, mientras los candidatos andaban estudiando cómo hacerse con el disputado voto de los indecisos, la huella política de Sant Jordi se hizo carne en las habituales carpas de partidos políticos -en la del PP, Cayetana Álvarez de Toledo incluso firmó ejemplares de la Constitución- y también en las listas de los más vendidos en no ficción en catalán, donde títulos como «Contes des de la presó» de Oriol Junqueras; «Tres dies a la presó», de Jordi Cuixart y Gemma Nierga; y «Esperança i llibertat», de Raül Romeva, venían a confirmar que, además de una especial querencia por los libros diseñados para la ocasión, Sant Jordi sigue teniendo sus propias normas. Y todo gracias a los políticos presos y también a «El fill de l’italià», de Rafel Nadal, y «Digues un desig» de Jordi Cabré, los más vendidos en ficción en catalán. Tendencia invertida De hecho, es el único día en que manda el libro en catalán y se invierte lo que durante el resto del año es una proporción de un 70% de libros vendidos en castellano y un 30% en catalán, lo que explica, en parte, que dos de los libros más vendidos en todo el país -«Una historia de España», de Pérez Reverte; y «Santiago Abascal. España vertebrada», de Sánchez Dragó- ni siquiera apareciesen en la lista los más vendidos facilitada por el Gremio de Libreros de Cataluña. Incluso con el castellano Sant Jordi va por libre y cerró su podio de ficción con «Lo mejor de ir es volver», de Albert Espinosa;«Los asquerosos», de Santiago Lorenzo; «Todo lo que sucedió con Miranda Huff», de Javier Castillo;«Yo, Julia», de Santiago Posteguillo; y «Toda la verdad de mis mentiras», de Elísabet Benavent. Títulos que, sumados al éxito en no ficción de «Y ahí lo dejo» de Gonzalo Boye; y«El director», de David Jiménez, contribuyeron a animar una jornada con la que los editores esperaban igualar los 22 millones de euros facturados el año pasado. A pie de calle y serpenteando entre casetas lo mismo se podía ver a Fernando Aramburu celebrando con una nueva ración de rúbricas los números de infarto de «Patria» -más de un millón de ejemplares vendidos y una treintena de traducciones- que constatar lo imparable de fenómenos al alza como los de la poetisa-novelista 2.0 Elvira Sastre, la cantante Rozalén o el casi pleno de cocineros que, de Jordi Cruz a Carme Ruscalleda pasando por los hermanos Roca o Torres, cambiaron los fogones por las librerías y, mejor aún, por los baños de masas. Y es que, si a los partidos tradicionales se les ha acabado gastando el bipartidismo de tanto usarlo, a la milenaria pugna entre autores mediáticos y, ejem, literarios, le han nacido infinidad de ramificaciones en forma de youtubers, instagramers, cantantes con libro e incluso algún político despistado que, con la que está cayendo, se atrevió a sumarse a la fiesta con más voluntarismo que firmas.